jueves, 13 de junio de 2013

NOVENA A NUESTRA SEÑORA DEL PERPETUO SOCORRO


Acto de contrición
Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador Padre y Redentor mío, he aquí a vuestros pies a un pobre pecador, que tanto ha entristecido vuestro amante corazón. ¡Ay! amable Jesús, ¿cómo he podido ofenderos y llenar de amargura  ese corazón que me ama tanto y nada ha perdonado para conseguir mi amor? ¡Cuán grande ha sido mi ingratitud! – Mas, o Salvador mío, consolaos, consolaos, os diré, que ahora me hallo arrepentido: tanta pena experimento por los disgustos que os he causado, que quisiera morir de puro dolor y contrición, – O mi Jesús, ¡quién me, diera llorar el pecado como Vos lo habéis llorado en vuestra vida mortal! Me pesa el alma de haberos ofendido. – Padre eterno, en satisfacción de mis culpas, os ofrezco la pena y el dolor que por ellas ha sentido el Corazón de vuestro divino Hijo. – Y Vos, o amoroso Jesús, dadme tal horror del pecado que en adelante me haga evitar aún las faltas más ligeras. Lejos de mi corazón, afectos terrenales: ya no quiero amar sino a mi bondadoso Redentor. ¡O Jesús mío! ayudadme, fortalecedme y perdonadme.
Madre mía del Perpetuo Socorro, interceded por mí y alcanzadme el perdón de mis pecados.
Oración preparatoria para todos los días.
 O Santísima Virgen María, que, para inspirarnos una confianza sin límites, quisisteis tomar el dulcísimo nombre de Madre del Perpetuo Socorro, yo os suplico me socorráis en todo tiempo y en todo lugar: en mis tentaciones, después de mis caídas, en mis dificultades, en todas las miserias de la vida y sobre todo en el trance de la muerte. Concededme, o amorosa Madre, el pensamiento y la costumbre de recurrir siempre a Vos; porque estoy cierto de que si soy fiel en invocaros, Vos seréis fiel en socorrerme. Obtenedme pues esta gracia de las gracias, la de acudir a Vos sin cesar con la confianza de un hijo, a fin de que por la virtud de mi súplica constante obtenga  vuestro perpetuo socorro y la perseverancia final. Bendecidme, ¡o tierna y cuidadosa Madre! y rogad por mí ahora y en la hora de  mi muerte. Así sea.


DÍA PRIMERO
 Consideración
 Título de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro
Entre los innumerables títulos bajo los cuales la piedad cristiana se complace en invocar a la Virgen Santísima, pocos habrá que sean tan a propósito para ensanchar nuestro corazón, y llenarlo de ilimitada confianza, como el nombre dulcísimo de Madre del Perpetuo Socorro, nombre que tanto le agrada.
Para convencerte de ello, considera por una parte lo que es la vida del hombre sobre la tierra, y por otra lo que significa el nombre de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
¿Qué es, en efecto, la vida sino una cadena de miserias, peligros, angustias y trabajos? – En el orden temporal, ¿quién está siempre exento de la enfermedad o de la pobreza? ¿quién es el que nunca tiene que llorar? – En el orden espiritual, ¿quién sabrá siempre precaverse de la gran desgracia del pecado, de los lazos de la tibieza de la importunidad de las tentaciones? ¿quién no flaquea de cuando en cuando en el servicio de Dios, en la práctica de la virtud, y no se cansa a veces en el camino del bien? ¿En fin qué cristiano no se estremece al pensar en el decisivo y difícil trance de la muerte, en el fuego purificador del purgatorio?
¡Ah! a la vista de tantas miserias y necesidades, el alma abatida se siente desfallecer y quisiera prorrumpir en llanto. – Mas, al oír el nombre dulcísimo de Madre del Perpetuo Socorro, se serena, cobra ánimo y sigue alegre su camino hacia la eternidad. ¿Por qué? ¡Ah! porque entonces siente que sus gemidos no se pierden en un desierto, sino que encuentran un eco favorable en el corazón de una madre que quiere y puede socorrerle siempre. En efecto, Virgen del Perpetuo Socorro significa: remedio a todos los males que nos aquejan – remedio no de un día, sino perpetuo: desde la cuna hasta el cielo; socorro en todo y siempre socorro. – Perpetuo socorro quiere decir: consuelo en las aflicciones, en la pobreza, en la  enfermedad, en los trabajos; fuerza para salir del pecado, sea mortal, sea venial y para no recaer en él. – Perpetuo socorro quiere decir: constancia en el servicio del Señor y de la misma Virgen, y por tanto perseverancia final. – Perpetuo Socorro quiere decir: valor en la práctica de la virtud; protección especial en la tremenda hora de la muerte; alivio pronto y eficaz en la horrenda cárcel donde penan las almas justas, pero aún deudoras a la divina justicia, antes de entrar en la patria celestial. Perpetuo socorro significa, que aun cuando ocurran circunstancias o situaciones en que todo pareciese desesperado, todavía queda un recurso seguro: la protección de la Virgen Santísima.
Ya ves, o hombre, cualquiera que seas, y en cualquier trabajo que te encuentres no tienes motivo de desalentarte; hallas en Nuestra Señora del Perpetuo Socorro una bondadosa Madre que te socorre en todas tus miserias, si en ella confías; te socorre continuamente hasta verte un día sentado a su lado en el cielo.
Bendito seas, pues, el Señor que en su infinita misericordia nos ha dado su bienaventurada Madre como refugio y auxilio oportuno en toda tribulación, y bendita la que es el Perpetuo Socorro de los desterrados hijos de Eva en este valle de lágrimas: O Madre del Perpetuo Socorro, qué consuelo, que dulzura siente el alma al sólo pronunciar vuestro nombre; es para la lengua que lo profiere una miel exquisita, para el oído que lo escucha una armoniosa melodía y para el corazón que lo saborea la más pura y santa alegría.
(Se medita y se pide lo que se desea conseguir de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro)

Gozos
Socorro sois perpetuo:
Venid pues, os imploro,
Venid a mi socorro,
O Madre de Bondad.
Oíd, ¡O Virgen Pura!

Las preces fervorosas,
Que suben amorosas
A vuestro santo altar.

Venid a mi socorro,
O Madre de bondad.

Manchado por la culpa,
La frente doblo y lloro,
A vuestros pies imploro
Clemencia y caridad.- Venid…

Al alma descuidada
Librad de la tibieza,
Y dadle con presteza
Fervor en la piedad. – Venid…

En este triste valle,
Del padecer cansado,
Os pido, desdichado,
Consuelo celestial. - Venid…

Si ruge la tormenta,
Si mi virtud declina,
Estrella matutina,
Mis fuerzas alentad. – Venid…

A vuestro fiel devoto
Dad ánimo constante,
Su paso vacilante
A la virtud guiad. - Venid…

A mi voluble pecho
Librad de la flaqueza;
Prestadle fortaleza,
Que viva sin pecar. – Venid...

En la postrera lucha,
Con la terrible muerte,
Feliz será mi suerte
Si logro yo exclamar. - Venid…

En la prisión del fuego,
Sed dulce Redentora:
Mis penas, gran Señora,
Dignaos aliviar.- Venid…

Me sea permitido
O madre tan querida,
Por tierna despedida,
Cantaros sin cesar.

Venid a mi socorro
O Madre de bondad.

ORACIÓN JACULATORIA.- ¡O Madre del Perpetuo Socorro! que vuestro nombre nunca se aparte de mis labios, nunca se aleje de mi corazón.
OBSEQUIO. – Una visita a la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro  rezándole diez Ave Marías y encomendándole todas sus necesidades y las de su familia.
Oración
¡O Madre mía del Perpetuo Socorro! la ingratitud con que hasta ahora he pagado las misericordias de Dios y las vuestras, merecería que en justo castigo me privaseis de vuestros favores, pues, el ingrato ya no es digno de nuevos beneficios; mas, ¡o dulce Madre mía! por grande que sea mi ingratitud, mayor es vuestra bondad, no os desdeñéis, pues, de socorrer a un pobre pecador que en Vos confía! Vuestro corazón rebosa de caridad para con todos, y nunca se ha oído decir que algún desgraciado se haya alejado de vuestros pies sin haber enjugado sus lágrimas. No os olvidéis de mis miserias; interceded por mí ante ese Dios de bondad que nada os rehúsa y mostrad una vez más que sois digna del dulce nombre del Perpetuo Socorro.
Ejemplo
  Corrían los últimos años del siglo XV, cuando la sangrienta persecución con que los Turcos, afligían a los cristianos de la Isla de Creta, precisó a un piadoso mercader a abandonar para siempre el suelo patrio y a buscar un seguro asilo bajo el cielo de la Italia.
A penas llegada a alta mar la embarcación que lo conducía, fue asaltada por una violenta tempestad, y en pocos instantes el huracán rompió sus velas y las embravecidas olas destrozaron su timón. Los tripulantes, al ver perdida su nave y hecha el juguete de las olas, aterrados y despavoridos, esperaban la muerte que les iba a dar por sepulcro las profundidades del Océano.
En medio de aquella pavorosa escena, sólo el mercader de Creta se mostraba sereno. Había en sus palabras aliento y en sus ojos brillaba la confianza. Y cómo el peligro arreciara, aquel piadoso viajero corre al interior del barco, busca su equipaje y dando voces de esperanza, vuelve sobre cubierta trayendo en sus manos la imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. “Mirad exclama, dirigiéndose a la afligida tripulación; ved aquí la Estrella del mar; ved aquí el Faro de los navegantes, invoquémosla en nuestra angustia; Ella nos salvará!” Al decir estas palabras, el mercader alzaba la preciosa imagen ante los consternados tripulantes que se agruparon de rodillas a sus pies.
De la tierra suben las plegarias y del cielo bajan los prodigios, según San Agustín.
Efectivamente: no bien acababan los viajeros de invocar a María con ese grito poderoso de la fe, cuando el huracán recogió sus vientos y el gran Océano aquietó sus olas. Brilló el sol en el firmamento y mecida la nave por blanda brisa, fue a clavar sus anclas en las hermosas playas de Italia.
Tal es el primer prodigio con que se ostenta ante la faz de la cristiandad la Imagen milagrosa  de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Ella quiso se iniciaran sus favores en una deshecha tempestad, para enseñarnos que en todas las tormentas de la vida, por más perdidos que nos veamos, será siempre vida, dulzura y esperanza nuestra.
Sed amada, sea alabada, sea eternamente bendita, ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.
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SEGUNDO DÍA
 Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
 Consideración
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro ayuda a sus devotos a salir del pecado
En los hombres, los títulos muchas veces no son más que vanas denominaciones que no corresponden a la realidad. En María, al contrario, los títulos son siempre la expresión de la más comprobada verdad: y así la Virgen Santísima se llama y es en verdad el Perpetuo Socorro de todos los desventurados que a Ella recurren. Considera que hay, sin embargo, una especie de desgraciados para quienes la amantísima Madre parece reservar sus miradas de mayor ternura, y a quienes hace objeto especial de su más compasiva solicitud! son los pobres pecadores. Y es fácil comprender el motivo de esa predilección.
El amor maternal crece a medida de que es mayor la desgracia de un hijo. Ahora bien, ¿qué desgracia mayor que el estar separado de Jesús y encadenado a la oprobiosa esclavitud del demonio? Perdiendo la gracia santificante, el infeliz se ha hecho blanco de la cólera divina contra él clama la ira de Dios, y si la muerte le sorprendiese, ¡ay! ¡qué desdicha! su suerte sería la de los réprobos. Por eso, la más bondadosa de las madres agota con sus hijos, los pecadores, todo el tesoro de misericordia y ternura de su maternal corazón. Atráelos con la dulzura de su nombre de Madre del Perpetuo Socorro, con la fama de sus milagros, y hasta con su misericordiosa mirada. ¡Cuántos pecadores no se han sentido conmovidos y convertidos al cruzar su mirada con la de esta Virgen milagrosa! Esa mirada, llena de tristeza y compasión, parece que dice al pecador: Desgraciado, hasta cuándo? ¿hasta cuándo contristarás con tus culpas al tierno Hijo que ves en mis brazos? hasta cuándo le presentarás hiel y vinagre, inutilizando su pasión y muerte? hasta cuándo me constristarás a mí, tu madre, y clavarás en mi corazón una tras otra cruelísimas espadas? hasta cuándo te obstinarás en correr hacia el abismo sempiterno?  hijo mío, sólo oye el corazón: palabras maravillosas que iluminan el entendimiento, ablandan el corazón endurecido, lo enternecen, y al fin, le arrancan ese grito del pródigo arrepentido: “Pequé, mi Dios, perdón, perdón” Corren sus lágrimas abundantes y la Virgen las presenta a su Hijo amado, y el pecador está convertido. Decid sino, vosotros los que delante de su Imagen habéis encontrado el arrepentimiento, la vida, el perdón, la paz y alegría de vuestro corazón.
Cómo extrañarse, pues, que entre los portentos que cuotidianamente obra la Virgen del Perpetuo Socorro, figuren en primera línea a millares las conversiones estupendas debida a su intercesión! tan cierto es aquello que un piadoso escritor decía: “No conozco medio más eficaz ni más pronto para conseguir la conversión de un pecador que el inspirarle una tierna y sincera devoción a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro” ¿Y por qué ha querido esa Imagen portentosa ser confiada a una congregación de misioneros, sino para hacerse misionera ella también, acompañarlos hasta los pueblos más apartados, e ir en busca de los ovejas descarriadas hasta en las chozas más desconocidas y olvidadas?
Por lo tanto, pecador amado, cualquiera que sea el número y la gravedad de tus culpas, por empedernido que esté tu corazón, todo aún no está perdido para ti. ¡Aliéntate! ¡Cobra ánimo! Acude a nuestra Madre del Perpetuo Socorro, y alcanzarás el perdón. Ella es refugio segurísimo del pecador que quiere sinceramente volver a su Dios. Dila, pues, con todo tu corazón: “O Madre del Perpetuo Socorro, lleno de confianza en vuestra bondad y misericordia, me arrojo a vuestros pies. Vengo herido de la flecha del arrepentimiento. Pésame de haber ofendido a mi Dios: Madre mía, alcanzadme el verdadero arrepentimiento y perdón” – Y verás que esta benigna Madre te hará volver a la gracia y la amistad de tu Dios. Amén.
Se medita y se pide, etc. Gozos, etc.
ORACIÓN JACULATORIA. – ¡O Madre del Perpetuo Socorro! alcanzadme el perdón de mis pecados, y la gracia de llorarlos perpetuamente.
OBSEQUIO.- Rezar una Salve por la conversión de los pecadores más endurecidos.
Oración
¡O Madre mía del Perpetuo Socorro! al verme tan despreciable y manchado, no debería atreverme a venir a Vos y llamaros mi Madre; mas no quiero que mis miserias me priven del consuelo y de la confianza de que me siento penetrado al pronunciar vuestro dulce nombre. No merezco que me oigas; soy un miserable pecador, lo conozco mas ¡ay! el mal está hecho: Vos podéis remediarlo, os suplico encarecidamente, Madre mía, venid a mi socorro, tened piedad de mí. Sé que amáis aún a los pecadores más míseros, y vais en busca de ellos para salvarlos. Merezco el infierno, es verdad, soy el más miserable de los pecadores, mas no necesitáis venir en busca mía, me presento espontáneamente a Vos con la firme esperanza de que no me desecharéis. Heme aquí a vuestras plantas, socorredme. ¡Madre mía! no me alejaré de vuestros pies sino cuando vuestro Hijo me haya dicho como a la Magdalena: “Tus pecados te quedan perdonados”
Ejemplo
Entre los muchos prodigios que hizo Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en la isla de San Mauricio (África), se refiere la siguiente conversión. Una joven rodaba por la pendiente del vicio. Para poder dar rienda suelta a sus pasiones, había abandonado la casa paterna. Asegúrase que es imposible que creatura alguna haya podido caer jamás a un abismo más hondo de corrupción como la desventurada joven isleña. Su desolada madre que lloraba en silencio con amargas lágrimas la perdición de su hija acudió a la Virgen del Perpetuo Socorro, para obtener la conversión de la joven; comenzó una novena, y al segundo día, he aquí que esta acierta a pasar por la puerta de la iglesia, entra a ella y se encuentra frente a la Imagen de la Santísima Virgen. A su pesar, la Efigie atrae las miradas de la infeliz pecadora. Era lo bastante para quedar vencida; raudales de lágrimas salen de sus ojos, se ahoga el pecho en sollozos y el dardo del arrepentimiento se abre paso hasta herir ese durísimo corazón. La amante y afligida madre venía al templo para continuar su novena y ¡cuál no serían su estupor y gozo al encontrar allí a su hija! Enajenada de alegría, vuela en busca del Padre misionero y vuelve a toda prisa en compañía de él, para mostrarle aquella Magdalena bañada en llanto a los pies de María del Perpetuo Socorro, a quien debe la maravilla de su conversión. Esto sucedió en el año 1878.
Sed amada, sea alabada, sea eternamente bendita, ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.
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TERCER DÍA
 Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
Consideración
 Nuestra Señora del Perpetuo Socorro asiste a sus devotos para salir de la tibieza
Inmensa es la ternura de Nuestra Señora para con los grandes pecadores, lo hemos visto ayer; pero no lo es menor para con otra clase de almas necesitadas, que se llaman tibias, y se encuentran en un estado casi tan peligroso como el del pecado mortal.
Esas almas negligentes que a veces frecuentan los sacramentos, si bien quieren evitar el pecado mortal, con todo no parecen juzgar conveniente que Dios sea servido con fidelidad, y no reparan en llenar su vida de faltas veniales voluntarias y deliberadamente: con ligereza despachan sus oraciones y demás devociones; oyen misa, tal vez se confiesan y comulgan; mas lo hacen por rutina o respetos humanos, sin fruto, sin adelanto en la virtud, cóleras, mentiras, murmuraciones, juicios temerarios, palabras mordaces, envidias, flojedad, vanidad, inmodestias, conversaciones peligrosas o inútiles, apego desordenado a las cosas de la tierra y otras faltas semejantes encuentran fácilmente su asiento en el corazón de las personas tibias. Pondera el gran riesgo de condenarse en que se hallan por esto, Santa Teresa vio el lugar que le estaba destinado en el infierno, si no se enfervorizaba. Al sentir de San Crisóstomo, más debemos temer el pecado venial de costumbre que el pecado mortal, porque, dice ese gran santo, el pecado mortal es un monstruo que de por sí inspira horror, mientras que la tibieza nos deja tranquilos y despreocupados. Y ¿acaso no es contra el tibio que Nuestro Señor ha proferido estas tremendas palabras: “Ojalá fueses frío”, es decir, estuvieras en pecado mortal. ¿Quién lo creyera, si el mismo Dios no lo dijera? “Mas, por cuanto eres tibio, estoy para vomitarte de mi boca” De lo vomitado ¿quién no tiene horror? Por eso escribe San Gregorio: “Un pecador todavía no convertido, no desespero de verlo salvo; pero sí, desespero de la salvación de un alma que ha caído en la tibieza.” Sentencia terrible que confirman los doctores cuando enseñan que es casi imposible que un tibio se convierta. -¡O alma descuidada! basta cometer un pecado venial habitual y deliberadamente para ser tibio y hallarse en este peligro. ¿Qué será, pues, de ti que cometes tantas faltas con la facilidad con que traga el sediento el agua? – Pero entonces, ¿ya no habrá remedio para mí, y tendré que abandonarme a la desesperación, me dirá el alma que se encuentra en este estado?
¡O alma desgraciada! difícil es que te conviertas. Con todo, no te desesperes. Piensa que lo que es imposible a la tierra, al cielo no lo es. Si quieres con todas las veras de tu voluntad sacudir este funesto yugo, te indicaré un medio tan eficaz como fácil. Alza la vista, contempla la Imagen de tu bondadosa Madre del Perpetuo Socorro. ¿no vez en su frente una brillante estrella? Es el símbolo de tu esperanza. Por en Ella tu confianza principia a servirla con fidelidad, y sentirás tu corazón transformarse. La devoción a esta Madre del bello amor es incompatible con la negligencia culpable. ¡O cuantas almas han salido de la tibieza el mismo día que han empezado a ser sus devotas!
Lo que te falta es el poderoso amor que teme disgustar al amable Jesús; pues, Ella es la Madre de esta ferviente caridad que hermosea las almas; mas desea concedértela que tú recibirla. ¿Quieres que se renueve para ti el milagro de Caná? Invócala con ardor. Ella te presentará al divino Niño que descansa en su brazo, diciéndole: “Vinum non habet” Hijo mío, ved, esa pobre alma no tiene amor verdadero; y luego tu frialdad se convertirá en fervor, como el agua se convirtió en vino. Nuestra Señora te inspirará un vivo deseo de consagrarte sin reserva al Señor; te dará un gusto especial para la meditación de las verdades eternas, te comunicará una singular devoción al Augusto Sacramento de nuestros altares; y así podrás romper las cadenas que te aprisionan, y volver a ser las delicias del Corazón Sagrado de Jesús.
Se medita y se pide, Gozos, etc.
ORACIÓN JACULATORIA. – ¡O Madre del Perpetuo Socorro! no permitáis que caiga en la tibieza, y si por desgracia hubiese caído en ella, haced que pronto me levante.
OBSEQUIO.- Hacer antes de que se acabe la novena una confesión seria y fervorosa como si hubiera de ser la última.
Oración.
Aquí me tenéis ¡O Madre Mía! yo soy una de aquellas almas infelices que merecía verme abandonada de Vuestro Hijo y de Vos, en el miserable estado de tibieza en que vivo tantos años ha: mas las nuevas luces que Él me comunica hoy por vuestra intercesión, y esa voz misteriosa que me llama a servirle con fervor, son señales de que todavía no me ha abandonado ¡O bondadosa Madre! no tengo fervor, no amo a Jesús, como debiera amarlo, y con todo, deseo ser toda de Él. Ayudadme, a aborrecer sumamente el pecado venial, enfervorizadme. Rogad, no ceséis de rogar por mi para que salga de mi tibieza, y sirva a Dios con fervor hasta llegar al cielo, donde estaré al abrigo de todo peligro de perder a mi Dios, en seguridad  de amarlo siempre, y de amaros a Vos también, o Madre del Perpetuo Socorro, por toda la eternidad. Amén.
Ejemplo
La tisis, figura de la tibieza, esa terrible enfermedad que hasta hoy se burla de la ciencia humana, aquejaba a una señorita de N. América, desde hacía cinco años, durante dos de los cuales no había podido levantarse de su lecho. Ambos pulmones estaban atacados y uno de ellos perdido casi por completo. Varios médicos eminentes habían declarado que no quedaba ya esperanza alguna de salvarla y que no se podía hacer más que aliviar a la pobre enferma en sus padecimientos. Habiendo oído hablar esta de las extraordinarias curaciones debidas a la invocación de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, se sintió animada de una gran confianza en Ella, y rogó a su madre que comenzase una novena en la iglesia de los Padres redentoristas, donde se veneraba la milagrosa imagen. EL noveno día, cuando la madre se preparaba para ir a hacer la última visita a la Imagen, la enferma le pidió licencia para acompañarla. La pobre madre, creyendo que su hija deliraba, se abstuvo de complacerla. Mas, he aquí que, al instante la joven se levanta y se viste sin ayuda de persona alguna. Acompañó a su feliz madre a la iglesia, y después de haber orado, con el fervor que es fácil imaginar, al pie del altar de su celestial Libertadora, volvió a su casa perfectamente sana. Grande fue la sorpresa del médico cuando, al hacer su visita ordinaria, encontró a la enferma en pie; pero esa sorpresa subió de punto cuando supo que en la mañana había salido de casa. ¡Mi hija está sana! Mi hija está sana. repetía la madre, enajenada de gozo. El médico, que era un incrédulo a carta cabal, no hallaba que pensar de lo que veía. Examinó minuciosamente los pulmones y reconoció que estaban sanos e intactos. Cuando se le hubo contado todo lo ocurrido, no pudo menos que exclamar: Pues bien, si es que hay en la tierra hechos que se puedan llamar milagros, este es ciertamente uno de ellos!
Sed amada, sed alabada, sed invocada, sed eternamente bendita, ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.
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CUARTO DÍA
 Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
Consideración
 Nuestra Señora del Perpetuo Socorro defiende a sus devotos de las tentaciones
Considera que uno de los mayores aprietos en que el hombre necesita de un modo especial el socorro perpetuo de María, es la tentación, esa  perpetua y encarnizada lucha en que estamos empeñados contra los enemigos de nuestra salvación. Todos, justos y pecadores, nos sentimos inclinados al mal. El mismo San Pablo, después de haber sido arrebatado al tercer cielo, exclamó todavía llorando: ¡Ay de mí, siento en mi cuerpo una ley del todo contraria a la del espíritu. Me ha sido dado un aguijón, el ángel de Satanás que me abofetea.”
Quizás, hermano mío, podrías tú tener el mismo lenguaje; tú también sientes esta ley funesta del pecado que quiere dominar el espíritu, esos impulsos vehementes de pasiones hambrientas de placer; a ti también te tienden lazos satanás y un mundo engañador; y a veces te ves en gran riesgo de sucumbir  por la misma vehemencia de la tentación. ¡Oh! Entonces qué aprietos, qué sobresaltos los del alma que desea salvarse; se ve rodeada  de tantos y tan poderosos enemigos; siente su propia debilidad y flaqueza, y con todo, tiene que vencer a todos sus enemigos juntos, so pena de perderse tal vez por una eternidad. ¿Qué posición tan crítica?
Cristiano ¿qué harás en esta lucha tan terrible con el mundo, la carne y el demonio? ¿Dejarás caer las armas declarándote vencido? No: ¡eso sería una cobardía grande y criminal! ¡Ah! No sea tal nuestra conducta! Antes bien, acudamos en todas las tentaciones a Nuestra Señora, y su perpetuo socorro nos alcanzará la victoria.
Del Emperador Constantino se cuenta que, teniendo que presentar una batalla decisiva a Licimo, enemigo de los cristianos, levantó los ojos al cielo, y vio en el firmamento una cruz brillante con esta inscripción: “con este signo vencerás” Lo que se verificó por la completa derrota de Licinio.
Alma cristiana, que estás continuamente en guerra con tantos enemigos, el cielo te presenta el mismo lábaro en la Imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Mira el velo que cubre la virginal frente de la celestial Reina; en él verás también una cruz que te promete el socorro poderosísimo de la compasiva Madre de Dios.
María es terrible contra las potestades del infierno, como un ejército en orden de batalla. Es torre de David fabricada con baluartes; de ella cuelgan mil escudos. Contra esta torre vendrán a embotarse las agudas flechas del enemigo. Es Ella quien aplastó la cabeza de la infernal serpiente, y las potestades del abismo huyen al solo oír pronunciar su santísimo nombre.
Cristiano, ¿te has fijado alguna vez con detención en la Imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro? ¿No te recuerda su vista los prodigios obrados en otro tiempo por el arca santa del Señor? En efecto, el arca de la alianza estaba revestida de oro purísimo, contenía el maná caído del cielo, y dos ángeles la cubrían con sus blancas alas. Por medio del arca del Señor alcanzaba el pueblo de Dios sus victorias; cayeron  las murallas Jericó; fueron vencidos los Filisteos, porque el arca santa estaba con Israel. Pues ¿no ves del mismo modo brillar el oro de la divina caridad en el corazón amante de esa bondadosa madre? ¿No ves a Jesús, el dulce maná de nuestras almas en sus maternales brazos? ¿no ves a los dos ángeles en el fondo de su cuadro, con sus alas extendidas? ¿No es por medio de su socorro poderosísimo que tantos cristianos han conseguido la victoria sobre sus enemigos? ¡Cuántas almas adornadas con la gracia del Señor estarían sumidas en el pecado, si no hubieran invocado a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro en el momento de la tentación!
Toma, pues, ¡o alma cristiana la firme resolución de nunca entrar sola en el combate con los enemigos de tu salvación, sino acompañada de María Santísima; su socorro perpetuo te servirá de escudo, y así alcanzarás otras tantas victorias, cuantos combates tuvieres que sostener. ¡O Madre del Perpetuo Socorro! Vos sois para nosotros el arca santa del Señor con Vos ganaremos victorias, ante Vos huirán despavoridos los enemigos de nuestra salvación; en toda tentación invocaremos vuestro perpetuo socorro, y Vos perpetuamente nos socorreréis.
Se medita y se pide, etc. Gozos, etc.
ORACIÓN JACULATORIA. – ¡O Madre del Perpetuo Socorro! no nos dejéis caer en la tentación mas libradnos de todo mal. Amén.
OBSEQUIO.- Acostumbrarse a no discutir con la tentación y a clamar inmediatamente a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
Oración
¡O Madre mía del Perpetuo Socorro! Bendigo y doy gracias a mi Dios por haberme inspirado tanta confianza en Vos, porque sé que esa confianza es para mi una prenda de salvación. ¡Ah! Desgraciado de mi! Si en lo pasado he caído en el pecado, ha sido por no haber recurrido a Vos. Espero ya haber sido perdonado por los méritos de Jesús y vuestra poderosa intercesión. Pero puedo perder de nuevo la gracia de Dios, el peligro no ha cesado, el enemigo no duerme. ¡Ay! Cuántas nuevas tentaciones me quedan por vencer. O dulcísima Soberana, protegedme, recibidme bajo vuestro manto, no permitáis que caiga. Prestadme vuestro perpetuo socorro, y obtenedme que en los asaltos del infierno, no me olvide de invocaros, repitiendo sin cesar Madre del Perpetuo Socorro, no permitáis que pierda a mi Dios.
Ejemplo.
En Roma, dos hermanos, hijos de buenos padres tuvieron cierto día una disputa en la cual se acaloraron a tal punto que uno de ellos tomó un estilete para herir al otro. Una hermana de los desgraciados jóvenes, que presenciaba la escena, lanzó un grito de espanto y exclamó con un acento de indecible dolor: ¡Madre mía del Perpetuo Socorro! Tened piedad de nosotros! A penas oyó esta invocación, el joven a pesar del furor que lo enajenaba, soltó el arma fratricida y, con la mansedumbre de un cordero, abrazó a su hermano, diciéndole con calma. ¡Hagamos la paz! Te lo ruego! La piadosa hermana cogió el estilete y lo llevó  al altar de Nuestra Señora, como un trofeo de la victoria que esa poderosa Reina acababa de ganar sobre una de las pasiones más terribles del corazón humano.
Sed amada, sed alabada, sed invocada, sed eternamente bendita ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! Mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio, y mi vida. Amén.
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QUINTO DÍA
Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
 Consideración
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro favorece a sus devotos en todas las necesidades y penas de la vida.
 Consideremos que el mundo es un lugar de prueba, un valle de lágrimas y llanto. ¿Quién lo ignora? “El hombre, dice Job, nacido de la mujer, es de corta duración sobre la tierra y se halla lleno de trabajos y de miserias” su camino es el del Calvario.
Tal es la condición de todo mortal. Por eso, dice el autor de la Imitación de Cristo, el hombre necesita de consuelo. Y este consuelo ¿dónde lo encontrará nuestro acongojado corazón? ¿Por ventura en los amigos y allegados nuestros? ¡Ah no! Ellos ordinariamente miran con indiferencia nuestras tribulaciones, no los conmueven nuestras lágrimas, y si alguno se enternece al ver nuestro dolor, a menudo no tiene como mitigarlo, quisiera; pero es impotente. ¿A quién pediremos socorro en la pobreza, consuelo en las aflicciones, consejo en las dudas? ¿A quién? Sino a la que es el Perpetuo Socorro de los mortales.
Mira, alma angustiada, mira como el divino Infante se toma de la mano de su tierna madre. – Ha visto la Cruz y los instrumentos de la pasión que le presentan los ángeles y se ha atemorizado, y su corazón ha dicho “mi dolor está siempre ante mis ojos” Mas ¿dónde busca consuelo? En su buena madre que le tiende la mano para apoyarle y confortarle en sus padecimientos. Aprendamos del celestial Niño a acudir en nuestras penas y trabajos a la compasiva madre del Perpetuo Socorro. Perpetuas son nuestras miserias; mas ¡o consuelo! Perpetuo también es el socorro.
¡Pobre alma! No te desalientes. Tu madre ve las muchas y variadas calamidades que te aquejan; Ella ve lo que atormenta tu cuerpo y aflije tu alma.
¿Eres pobre! No la pasan desapercibidos los aprietos de tu familia, ni las angustias de tu corazón, ni las lágrimas que te cuesta la falta de medios con que procurarte los alimentos o satisfacer a los acreedores o acomodar honestamente a tus hijos.
¿Estás enfermo? Ella ve el dolor que te consume, el tedio que te apesadumbra, el temor que te oprime, los días que pasas sin alivio, las noches que cuentas sin descanso.
¿Eres el blanco de la envidia, o furor ajeno? ¿Se te calumnia? ¿Encuentras en tu propia familia motivos de aflicción? Esta compasiva madre presencia tu amargura, las injusticias que se te hacen en los tribunales, los daños que te irrogan tus émulos, los desafueros y agravios que recibes de tus parientes. Ella cuenta tus lágrimas. Esto con todo lo demás que te apremia, ella lo ve sin alejar de ti ni un momento su penetrante y benigna mirada.
Y no solo lo ve, parece que lo siente más vivamente que tú mismo. Madre es de misericordia; y por esto, así como ve con ojos de madre nuestras miserias, con corazón de madre se conduele de ellas. De tal modo que, como al pie de la Cruz las llagas del cuerpo sacrosanto de Jesús se reflejaban en el corazón amante de María, así se reproducen todas las heridas de nuestro corazón llagado en el de nuestra madre celestial.
Por fin, esta tierna madre, no sólo ve nuestras miserias y muestra su corazón abierto y enternecido por nuestras desgracias, sino que tiene extendidas las manos en ademán de socorrernos con toda premura. Y este piadoso oficio lo ejerce de continuo con nosotros. ¿hace otra cosa que prestarnos socorro en todas nuestras necesidades? ¡Ah! Por poco que dirijamos el pensamiento a los muchos y trabajosos males a que estamos sujetos en la vida, echaremos de ver que en todo nos defiende, alivia y protege. A penas advirtió en las bodas de Caná la falta de vino, el rubor del esposo y la turbación de los comensales, cuando movida a compasión representó a su Hijo aquella necesidad rogándole dulcemente que le aplicase el oportuno remedio; pues no de otro modo ahora que gloriosa en el cielo está sentada a la diestra de su Hijo, le expone continuamente todas nuestras necesidades. Le suplica sin cesar o que alivie nuestras miserias o que suministre poderoso socorro para sufrirlas con humilde resignación, según redunde esto o aquello, en mayor gloria suya y provecho nuestro espiritual.
Ahora bien; si tales son los benignos efectos que todos los días experimentamos del amoroso socorro de María ¿Cuál no deberá ser nuestra gratitud para con una madre tan benéfica, cuál nuestro afecto a una madre tan tierna, cuál nuestra confianza en una madre que tanto nos ama y tanto se interesa por nosotros? Ella está con los ojos siempre fijos sobre nuestras miserias, con el corazón siempre propenso a compadecerse de ellas, y con las manos siempre abiertas en actitud de remediarlas. Acudamos, pues, continua y devotamente a esta bondadosa madre, exponiéndola con filial confianza todas nuestras necesidades, estemos seguros que en ella tendremos nuestro perpetuo alivio, aliento y consuelo. Amén.
Se medita y se pide, etc. Gozos, etc.
ORACIÓN JACULATORIA. – En todas mis dificultades y miserias, venid a mi socorro, o madre de bondad.
OBSEQUIO.- Cuando se presente algún trabajo, decir: ¡O madre del Perpetuo Socorro! Alejad este cáliz de mi, o dadme virtud y fortaleza para llevarlo por amor a mi Dios.
Oración.
¡O Madre del Perpetuo Socorro! de la misma manera que se presenta a una gran Reina un pobre llagado y andrajoso, me presento a Vos que sois la Reina del cielo y de la tierra. Desde el excelso trono en que estáis sentada, os ruego no desdeñéis de volver vuestros ojos misericordiosos hacia este infeliz pecador. Por eso, Dios os ha enriquecido tanto para socorrer a los pobres, y os ha constituido Reina de la misericordia, a fin de que podáis aliviar a los miserables. Miradme, pues, y tened piedad de mí. No ignoro que vuestro piadoso corazón halla consuelo en socorrer a los miserables. Consolad pues hoy vuestro piadoso corazón y consoladme también a mi, ya que tenéis ocasión de socorrerme, Ved, o tierna madre, las angustias de mi corazón, ved los aprietos de mi familia. ¡Ay! tantos motivos de aflicción en mi propia casa y tanta persecución de parte de mis prójimos, la enfermedad atormenta mi cuerpo y las penas interiores devoran mi alma. En estos apuros a quién he de acudir, o Señora y Madre mía, sino a Vos que sois Madre del Perpetuo Socorro! Permitid, pues, que os diga con San Bernardo:
“Acordaos, ¡o piadosa Virgen María! que jamás se oyó decir que fuese abandonado de Vos ninguno de cuantos han acudido a vuestro amparo, implorado vuestro socorro y reclamado vuestro auxilio. Animado con esta confianza, a Vos también acudo ¡o Virgen de Vírgenes! y gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a parecer ante vuestra presencia. No desechéis mis súplicas, ¡O Madre del Verbo Divino! antes bien oídlas y acojedlas benignamente. Amén.
Ejemplo
A fines del año 1883, mientras los librepensadores de los Estados Unidos celebraban su reunión anual en Rochester, y en sus discursos impíos negaban la existencia de Dios y de sus obras, he aquí que de repente un hecho muy maravilloso ocupó la prensa americana y es el siguiente:
En la ciudad de Boston, una directora de colegio tuvo un horrible cáncer en el pecho que había brotado en tres puntos. Los médicos más distinguidos de Boston, habiendo examinado el mal, lo juzgaron incurable, a menos del feliz éxito de una operación quirúrgica. la enferma, aunque con repugnancia, tuvo que consentir en ello; pero antes comenzó una novena a nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Ocho días ya se habían pasado, sin conseguir el resultado apetecido, y la operación debía hacerse el día después. Varios profesores distinguidos de la universidad, entre ellos el principal, debían cooperar a la dolorosa empresa. Adormecieron a la enferma con una bebida soporífica y la fijaron en la plancha de operación. El principal se hallaba en este momento algo distante y el cirujano encargado de empezar la arriesgada tarea le preguntó por cual de las tres heridas había de comenzar. Por la más grande, le fue contestado. Mas he aquí que el cirujano no encuentra cáncer alguno. Muy animoso se acerca el principal a la enferma, y cual no es su asombro al no encontrar tampoco ni rastro del terrible mal. Sin embargo, afirma solemnemente a los médicos que están presentes que la víspera y esta mañana misma ha visto tres horribles canceres en el pecho de la enferma. Añadió que esta desaparición era para él un gran misterio.
Desatan a la enferma y la despiertan. No sintiendo dolor alguno, pregunta por qué ya la sueltan. La aseguran que la operación no era necesaria, supuesto que el mal ya había desaparecido enteramente. Habiéndose convencido ella misma del hecho, principió a dar gracias a Nuestra Señora del perpetuo socorro, declarando a los médicos incrédulos, pero pasmados, que esto era obra de la buena madre, en cuyo honor este mismo día acababa una novena.
Sed amada, sed alabada, sed invocada, sed eternamente bendita, ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.
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SEXTO DÍA
Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
 Consideración
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro sostiene a sus devotos en la práctica de las virtudes
Si fuera suficiente evitar el pecado para ser del todo agradable al Señor, allí pararía el benigno oficio de nuestra madre; para esto sólo nos suministraría su perpetuo Socorro. Pero Dios no se contenta con no ser ofendido, exije servicio positivo, quiere que seamos perfectos. Sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto y al efecto quiere que nos dediquemos al ejercicio de todas las virtudes cristianas. Mas ¡cuántas dificultades no se encuentran en el camino que conduce al monte santo de la perfección! Parece que el bien, sólo por ser bien, ya es contrario a nuestra naturaleza corrompida. Almas justas, que os habéis consagrado a la práctica de la piedad, ¿no lo habéis experimentado? ¡Oh! ¡cuán árido es y estéril nuestro corazón, cuán incapaz de producir fruto alguno, digno de vida eterna, si no bajan a fecundizarlo las celestiales aguas de la gracia! Cuando una alma quiere santificarse de veras, renunciar a si misma, adelantar cada día en la perfección, entonces experimenta lo que dice el autor de la Imitación: “que la santificación no es un juego de niños, ni trabajo de un día”, entonces siente la necesidad de un socorro poderoso y perpetuo, de un auxilio continuo. ¡Ah! Y este socorro perpetuo ¿acaso no lo tenemos? ¿por qué arredrarnos? ¿por qué volver atrás ante la dificultad? ¿no tenemos para favorecernos a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro? Cobrad ánimo, almas generosas, vuestra Madre os ayudará. ¿No veis que Ella os presenta al Niño Jesús? ¿Y para qué, sino para animaros a la práctica de la virtud? El solo saber que su rey lo está contemplando, da valor al guerrero en los combates. ¡Ah! Si, cuando se nos hace difícil el bien, cuando estamos ya para desfallecer, fijemos nuestros ojos en la Imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. La vista del niño adorable que un día nos ha de premiar, nos alentará y tendremos valor de practicar las virtudes más heroicas.
Hijos de María, quisierais ser verdaderamente virtuosos; pero siempre sentís en vuestro interior ese fondo de amor propio que envenena vuestras buenas obras; invocad a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y en breve, vuestro espíritu, como el suyo, no buscará ya sino el beneplácito y gloria de Dios. – ¿Eres el blanco de continuas contradicciones? ¿la paciencia te falta? Invoca a menudo a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y serás manso y humilde corazón-Tu anhelo es vivir desprendido de todo apego desordenado a la criatura y siempre ese miserable corazón se complace en las vanidades del mundo; invoca a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y comprenderás la vanidad de todo lo criado.-El blanco lirio de la castidad te tiene enamorado, quisieras conservarlo inmaculado, o volver a adquirirlo, si por desgracia lo has perdido; invoca a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y pronto cantará de ti El que se apacienta entre azucenas: Como lirio entra espinas, así es mi amada entre las vírgenes.” – La Fe, la Esperanza, la Caridad, reinas de las virtudes, quieren fijar su trono en tu corazón. ¿Quién te concederá ese favor sino la Virgen que en su frente lleva la estrella de la fe y la cruz que es toda nuestra esperanza, y en sus brazos el amor mismo, al divino Jesús? ¿La herida de una injuria recibida no quiere cerrarse en tu corazón? Invoca a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, y lograrás hacer bien a los que te tienen ofendido. Por fin, tú estás en la flor de tu edad, la elección de estado te tiene preocupado, sabes que quien no está en su vocación, por más que corra, corre desviado. ¡Oh! Cuán grandes son los aprietos del angustiado corazón! Invoca a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Ella te dará luz y fortaleza para que puedas conocer y seguir tu vocación. A cuántas personas inciertas acerca de la elección de estado ha ayudado Ella, iluminándolas a más sobre las vanidades del siglo, e inflamándolas en el amor a su Dios, al punto de abandonarlo todo y consagrarse al Señor por medio de los votos sagrados de religión. Y últimamente, tú que has escogido ya tu vocación y quieres obrar tu santificación en el siglo, hazte devoto de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y lo alcanzarás.
¡Oh! Con cuánta velocidad adelantan en el camino de la perfección aquellos que se consagran al culto de Nuestra Señora. Esa preciosa devoción parece que les da alas para volar hasta la cumbre de la santidad, y sino, díganlo los sacerdotes que la han inculcado a sus penitentes. ¡Ah! Sólo en el cielo se conocerá cuántas almas han llegado a la perfección, por este medio tan fácil. Dedicados, pues, almas piadosas, desde ahora, al servicio de esa bondadosa Madre, y seréis un día su corona en la gloria.
Se medita y se pide, etc. Gozos, etc.
ORACIÓN JACULATORIA. – ¡o Madre del Perpetuo Socorro! Quiero ser fiel imitador de vuestras virtudes, ayudadme en tan noble empresa.
OBSEQUIO.- Rezar el santo rosario en honor de Nuestra Señora del perpetuo Socorro, para conseguir el don de no flaquear nunca en la práctica de la virtud.
Oración.
¡O Madre mía del Perpetuo Socorro! ¿Cómo es posible que siendo Vos tan santa, haya de ser yo tan malo? Hoy no vengo a pediros bienes temporales, sino cosas que serán más agradables a vuestro corazón. Vos sois humildísima: alcanzadme pues la humildad y el amor a los desprecios. Vos que fuisteis pacientísima en las penas de la vida, obtenedme la paciencia en las contrariedades. Vos que vivisteis siempre desprendida de todo lo criado, obtenedme el desapego de todas las criaturas. Vos que fuisteis siempre pura y limpia, conseguidme una perfecta pureza de corazón. Vos que estuvisteis llena de amor a Dios, conseguidme el don del santo y puro amor. Vos que fuisteis toda caridad para con el prójimo, alcanzadme que ame a mis hermanos santa y eficazmente. Vos que estuvisteis siempre unida a la voluntad de Dios, obtenedme la misma gracia, sobre todo en mi elección de estado, y una completa conformidad con todas las disposiciones de la divina Providencia. En una palabra ¡oh! La más santa de las criaturas, hacedme santo. Estas son las gracias que os pido. No permitáis que desfallezca en la práctica de la virtud, o María, madre mía, amor mío, vida mía, mi refugio, mi consuelo, mi Perpetuo Socorro. Amén
Ejemplo
Las penas interiores atormentaban hasta tal punto a una señora de Finales, que padecía grave detrimento en su paz y su salud. Habiendo oído hablar en 1873 de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y de las numerosas gracias que prodiga, tomó varias imagencitas en miniatura e hizo con el consentimiento de su padre, el voto de ir a Roma para visitar el santuario de Nuestra Señora, si llegaba a recobrar la tranquilidad de su alma. La escuchó la Sma. Virgen. A penas hubo formulado su voto, se sintió libre de sus padecimientos interiores y junto con la paz, volvieron las fuerzas, el sueño, el apetito y en una palabra, la salud del alma y la del cuerpo.
Sed amada, sed alabada, sed invocada, sed eternamente bendita, ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.
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SÉPTIMO DÍA
Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
Consideración
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro concede a sus devotos la constancia en su servicio
¡La perseverancia! gran problema, cuestión capital de vida, tormento perpetuo de las almas que quieren salvarse. ¿No habéis dicho temblando al veros rodeado de tantos peligros, y sobre todo al ver caer almas que parecían confirmadas en el bien, al sentir enfurecerse pasiones violentas, y al examinar  vuestra propia inconstancia, ¿no habéis dicho: Ay ¿me salvaré yo? Me han sido perdonadas mis culpas, lo espero estoy en gracia de Dios, pero ¿perseveraré bien hasta el fin ¿cuál será mi sentencia en el juicio? ¿me hallaré en el número de los predestinados? ¿cuál será en fin mi suerte en la eternidad? Reflexiones aterradoras, preguntas cuya incierta respuesta llena de congojas el corazón – Santa Teresa, escribiendo sobre este particular no comprendía cómo la pluma no se le caía de la mano. San Pablo, después de haber predicado a los demás, temía ser del número de los réprobos y San Jerónimo respondía de antemano al sonido de la trompeta del juicio final con gritos de espanto.
¿Cómo pues salir de esta duda abrumadora? ¿cómo encontrar garantías de tranquilidad? Un gran santo nos lo dice: ¿De qué sirve mover estas cuestiones agitadas por los sabios si te salvarás, o te perderás? Si somos verdaderos hijos de María, seremos ciertamente del número de los escogidos. Esta es doctrina de todos los Doctores de la Iglesia. Imposible es que se condene, el que disfruta del socorro poderosísimo de María. Palabra consoladora que  debe llenarnos de confianza y devoción. Mas esto se entiende con la condición de que se viva sin pecados, o se desee a lo menos salir de ellos; porque si alguno  quisiese pecar con la esperanza de que la Santísima Virgen le salvará , por culpa suya se haría indigno e incapaz de que le protegiese. Es pues verdad ¡O Madre del Perpetuo Socorro! que si soy vuestro fiel servidor, me salvaré infaliblemente. Os serviré, pues, os amaré os invocaré siempre.
Sin embargo, alma cristiana, no estés todavía tranquila tocante a tu perseverancia; todavía te debe quedar un temor. Sin duda, María Santísima te salvará, si la invocas; pero, ¿serás siempre fiel en invocarla? ¿no serás inconstante en su servicio? ¿no dejarás un día de serle devoto? Tan grande es la volubilidad de nuestro corazón que mañana dejará lo que hoy ha abrazado. ¿Acaso todos los que eran devotos de la Virgen en un principio, han perseverado en su servicio? A esta gran miseria, que se llama inconstancia, todavía encontramos remedio en Nuestra Madre del Perpetuo Socorro. Ella misma es quien nos ha de ayudar a ser perseverantes en su servicio. Si todas las gracias pasan por manos de María ¿Por qué no pasaría por ellas también esa gracia especialísima de las gracias, la de invocarla perpetuamente? Y su mismo nombre de Perpetuo Socorro ¿no es una garantía fuerte de que nos socorrerá perpetuamente? Pues, si nos socorre perpetuamente ¿cómo podríamos desfallecer en su amor y olvidarla? Si una madre según la naturaleza supiese que un hijo suyo no pudiese ser feliz sino disfrutando  de los cuidados de su madre, ¿qué no haría para conservarlo a su lado? Ahora bien, nuestra augusta Reina sabe que no hay felicidad para nosotros, sus hijos muy amados, sino en la fidelidad en su servicio que se halla íntimamente unido al Servicio del Señor, y por eso proporciona a sus devotos su maternal socorro, abundante y perpetuamente.
Cuando un alma, que ha sido primero su devota, quiere abandonarla, esa tierna Madre se mantiene, por decirlo así, a la puerta de su corazón y llama hasta que le abra, es decir, hasta que la infiel vuelva a su primer fervor. Tenemos, pues, un medio infalible de asegurarnos la perseverancia en la devoción a María; basta pedirle la gracia de suplicarla siempre, pedirle hoy la gracia de pedir mañana y todos los días. En resumen, alma devota de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, graba en tu memoria esa máxima del gran Doctor San Alfonso: Estoy seguro de que me salvaré, si invoco sinceramente a María: estoy seguro de invocarla, si le pido la gracia de hacerlo siempre, y esta petición de rogarla con constancia no me cansaré de repetirla.”
Se medita y se pide, etc. Gozos.
ORACIÓN JACULATORIA.- ¡O Madre del Perpetuo Socorro! concededme vuestro omnipotente auxilio y haced que os lo pida sin cesar.
OBSEQUIO.- No pasar un día sin rezar tres Ave Marías, mañana y noche, a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para conseguir la gracia de invocarla al día siguiente.
Oración
¡O Madre mía del Perpetuo Socorro! en vuestras manos pongo mi salvación eterna: en vuestras manos deposito mi pobre alma: os confío mi perseverancia, abogad por mí, infeliz pecador. Tomadme bajo vuestra protección y esto me basta. Si, porque si Vos me protegéis, nada tengo que temer. No temo por mis pecados, porque Vos remediaréis el mal que me han causado. No temo a los demonios, porque sois más fuerte que todo el infierno; no temo siquiera a mi justo Juez, porque una sola palabra vuestra aplaca su justa indignación. No, nada temo. ¡Ay! con todo, Madre mía, un temor me asalta, y es él de olvidarme de Vos, de cesar un día de llamaros en mi socorro, y así perderme por la eternidad. ¡O tierna Madre mía! obtenedme la gracia de encomendarme siempre a Vos; y si ahora prevéis que un día hubiere de abandonaros, haced que muera hoy a vuestros pies, antes que el mundo sea testigo  de tamaña ingratitud. mas no. ¡O María! no os olvidaré, antes bien que se seque mi diestra, que se paralice mi lengua si un día no he de ir a cantar vuestras misericordias por los siglos de los siglos. Amén.
Ejemplo
En cierta ciudad de Inglaterra, un hombre dado completamente a la bebida llegaba diariamente a su casa en estado de embriaguez. Un día su infeliz esposa, cansada de lo mucho que sufría con las imperfecciones del marido, se lamentó de su suerte ante un devoto de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Movido éste a compasión dio una medalla de esa Virgen a la afligida esposa, aconsejándole que todos los días encendiera un cirio en honor de su querida Madre.
Prometió la mujer hacerlo así, y comenzó a rezar el Santo Rosario, ante la milagrosa medalla. Volvió el marido aquel día a una hora bastante avanzada como acostumbrada pero no ebrio.
Transcurrido algún tiempo, la mujer contaba llena de alegría a su piadosos consejero, que le preguntaba cómo estaba su marido: “Desde que principié a honrar a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, se halla corregido; sólo volvió a su antiguo vicio una vez que distraídamente me olvidé de cumplir la promesa hecha a la Madre de Dios.
Así premia la Virgen Santísima a sus devotos.
Sed amada, sed alabada, sed invocada, sed eternamente bendita ¡o Virgen del Perpetuo Socorro! mi esperanza, mi amor, mi refugio y mi vida. Amén.
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OCTAVO DÍA
Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
 Consideración
 Nuestra Señora del Perpetuo Socorro ampara a sus devotos en la hora de la muerte.
Considera que, aunque en todo tiempo y circunstancia, necesita el hombre del benigno socorro de María, nunca empero como en las angustias de la muerte, que son las mayores que pueden  experimentarse en el mundo.
Terribles, si, muy terribles son las penas de los moribundos. Todo conspira a hacer terribles aquellos últimos instantes: el recuerdo de los pecados cometidos, el temor de los juicios incomprensibles de un Dios ofendido, la incertidumbre de la eterna salvación; todo, todo. Entonces especialmente se arma el infierno y emplea todas sus fuerzas para apoderarse de aquella alma que va a pasar a la eternidad, pues, sabe que le queda poco tiempo para ser juzgada y que, si antes no logra perderla, será salva para siempre. Por esto el espíritu maligno, acostumbrado a tentarla en vida, no se contenta con estar solo para tentarla en la hora de la muerte, sino que llama a sus compañeros que le ayuden. Dicen que estando para morir San Andrés Avelino, diez mil demonios se juntaron en su celda a tentarlo.
Mas si entonces tenemos a favor nuestro el poderosísimo socorro de María, ¿quién podrá vencernos? Y ¿cómo podrá esa bondadosa Madre negarnos su socorro si somos perseverantes en pedirlo? Reveló ella misma a Sta. Gertrudis que concede a sus devotos en el artículo de la muerte otros tantos socorros cuantas veces lo hayan implorado en la vida.
O hermano mío, cuán dichoso serás, si en el trance  de la muerte te hallas ligado con las cadenas del amor a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Cadenas son estas de salvación y de gloria eterna. No, esa tierna madre no sabe abandonar a sus verdaderos devotos en aquel trance supremo. Madre  es del Perpetuo Socorro, y como los ha socorrido en el tiempo del destierro, así se muestra también su dulzura en la hora de la muerte, y se la alcanza dulce y dichosa.
Y, ante todo, mostrándose digna del hermoso nombre que lleva, envía al príncipe San Miguel, con todos los ángeles al socorro de sus fieles hijos moribundos para que vayan luego a defenderlos de las asechanzas de los demonios, y a recibir las almas de todos aquellos que continuamente se han encomendado a ella.
No se contenta con enviar a los ángeles al socorro de sus devotos; ella misma vendrá en persona a asistirlos en los últimos momentos.
Desde aquel gran día en que tuvo la suerte y al mismo tiempo el dolor de asistir a la muerte de su hijo Jesús, que es cabeza de los predestinados, obtuvo la gracia de asistir también a todos estos en tan terrible trance; por esto la santa Iglesia nos hace rogar que nos socorra especialmente en el trance de la muerte; “Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de  nuestra muerte”
Y esto se halla conforme con lo que la Virgen Santísima dijo a Santa Brígida, hablando a sus devotos: “Entonces, hija mía, yo como Señora y Madre de ellos, cuando mueran, saldré a su encuentro para que tengan consuelo y refrigerio”. La amorosa Reina cubre entonces con su manto esas almas, y las presenta al Juez su Hijo, y así les alcanza ciertamente la salvación.
Cristiano; aunque hayas sido pecador, no dejarás de probar este consuelo, con tal que de hoy en adelante procures vivir bien y servir a esta agradecida y benignísima Señora. En tus angustias y en las tentaciones con que te asaltará el demonio en la muerte para hacerte desesperar, Nuestra Madre del Perpetuo Socorro te dará fortaleza y vendrá ella misma a defenderte. Y con tal Madre y Protectora, ¿qué podrás temer,  o pecador?
Se medita y se pide, etc. Gozos, etc.
ORACIÓN JACULATORIA. – ¡o Madre del Perpetuo Socorro! Rogad por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.
OBSEQUIO.- Encomendarse tres veces al día, a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro para conseguir una feliz muerte.
Oración
¡O Madre del Perpetuo Socorro! ¿qué será de mi cuando esté al punto de entregar mi alma a Dios? Desde ahora, cuando considero mis pecados, cuando pienso en este momento terrible que ha de decidir mi salvación o de mi perdición eterna! Cuando medito en mi último suspiro y en el juicio que lo ha de seguir, me pongo a temblar y me confundo. ¡O Madre mía del Perpetuo Socorro! No me abandonéis en aquella tremenda hora; ¿qué sería de mí si Vos me abandonaseis en ese momento supremo? ¡Ah! Virgen santa, Esperanza mía, venid a mi socorro, en las tremendas angustias de que yo seré entonces presa. Fortificadme cuando el demonio quiera arrojarme en la desesperación, por el recuerdo de los pecados, que he cometido. Obtenedme la gracia de invocaros entonces más a menudo que nunca, a fin de que espire pronunciando vuestro dulcísimo nombre junto con el de vuestro adorable Hijo, y muera amando a mi Dios y amándoos a Vos, para ir después a amaros eternamente en el paraíso.
Ejemplo
Una señora de los estados pontificios, se fue un día a Roma para venerar la milagrosa imagen de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Un Padre a quien se dirigió, le preguntó cuál era el motivo que la había determinado a emprender un viaje tan largo. Le respondió: Mi marido me dijo varias veces que en esta iglesia se veneraba una imagen de la Virgen muy milagrosa, llamada Nuestra Señora del perpetuo socorro. Él se encomendaba a ella con frecuencia y recibió muchas gracias por su intercesión; hace poco que murió. Estando próximo a morir, me dijo que veía a su cabecera a Nuestra Señora. Recibió tanto consuelo con esta aparición que parecía no sentir los dolores de la muerte, y expiró tan suave y santamente que no tengo duda alguna acerca de su salvación, y mi mayor felicidad sería morir como él.”
Sed amada, sed alabada, sed invocada, sed eternamente bendita. ¡O Virgen del Perpetuo Socorro! Mi esperanza, mi amor, mi madre, mi refugio y mi vida. Amén.
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NOVENO DÍA
Acto de contrición y oración preparatoria del primer día
 Consideración
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro auxilia en el purgatorio a sus devotos
¿Por ventura se limitará el ejercicio de la misericordia de María al umbral de la eternidad o ante el tribunal de Jesucristo? ¡Oh no! Considera que su socorro es perpetuo. Con solicitud material sigue favoreciéndonos, hasta que nos vea a su lado en la gloria. Esta piadosa Madre socorre a sus devotos, no sólo en todas las necesidades de la vida y de la muerte, sino también en el purgatorio. Como las almas allí detenidas necesitan de mayor auxilio, porque son más atormentadas, y no pueden aliviarse por sí mismas, esta Reina de misericordia se ocupa con más eficacia en socorrerlas.
Ante todo, el solo oír pronunciar su Santísimo Nombre alivia a esas infelices presas. Se consuelan al pensar que el socorro de su Madre es perpetuo, y se extiende por lo tanto también a esta prisión horrorosa. Un día le dijo Jesús, como lo oyó Santa Brígida: “Tú eres mi Madre, la Madre de misericordia, el consuelo de los que se hallan en el purgatorio” y la bienaventurada Virgen misma dijo a la citada santa que así como a un pobre enfermo afligido y abandonado en su lecho de dolor, le complacían las palabras de consuelo que se le dirigían, así también aquellas almas se consolaban con sólo oír su nombre. Este nombre es para sus hijos queridos de grande alivio en aquella cárcel, para los que le invocan, con frecuencia; y la amorosa Madre, al oír que la invocan, les proporciona su maternal socorro; dirige sus ruegos a Dios con los que son socorridas dichas almas y quedan refrigeradas como con celestial rocío en sus grandes sufrimientos.
Además, como Reina Soberana, ejerce en aquella prisión su dominio y plenipotencia, tanto para aliviar, como para librar de sus penas a estas santas prisioneras; y en cuanto a aliviarlas, aplicando San Bernardino de Sena al asunto que no ocupa aquellas palabras del Eclesiástico: “Me paseé por las olas del mar”, dice, esto es, visitando y socorriendo las necesidades y penas de mis devotos que son mis hijos. Se llaman olas las penas del purgatorio, añade el citado santo, porque son transitorias, a diferencia de las del infierno que nunca pasan; y se llaman olas del mar, porque son penas muy amargas.
Afligidos de estas penas, los devotos de María son a menudo visitados y socorridos por Ella. María misma reveló a Santa Brígida que Ella era la Madre de todas las almas que se hallan en el purgatorio, porque todas las penas que merecen por las culpas que cometieron en vida, en cierto modo se van mitigando de hora en hora por sus ruegos. Ni se desdeña la piadosa Madre de bajar a veces a aquella santa cárcel para visitar y consolar a sus afligidas hijas. ¡Cuánto importa, pues, dedicarse al culto de esa bondadosa Reina, ya que no olvida de sus devotos en las purificadoras llamas del purgatorio.
Mas, no sólo consuela, socorre, visita María a sus hijos en la cárcel de la expiación, sino que a veces los saca de allí para llevarlos al cielo. El día de su gloriosa Asunción, dice una piadosa tradición quedó vacío el purgatorio, porque María había pedido y conseguido de Jesucristo el llevar consigo a la gloria todas las almas que entonces gemían en aquel lugar donde el fuego purifica de toda mancha. Y es de creer que con sus ruegos y súplicas tiene el singular privilegio de libertar, según le plazca, las ánimas del purgatorio y especialmente las de sus hijos más devotos. Se, pues, devoto sincero de esta tierna Madre, para que sientas también los dulces efectos de su maternal socorro, cuando estés en el purgatorio. Aún más, pídele que te consiga, antes de morir, la gracia de hacer un acto de amor tan perfecto, que puedas volar al cielo sin pasar siquiera por esas llamas purificadoras.
Se medita y se pide, etc. Gozos
Oración
¡O Madre del Perpetuo Socorro! O Vos que nunca abandonáis a vuestros hijos, y los socorréis perpetuamente en la vida, en la muerte, hasta en el mismo purgatorio, ved aquí a vuestros pies a un pobre pecador que, lleno de confianza a Vos acude y a Vos se entrega. Muchos y grandes son los pecados que he cometido; espero, ¡o Madre mía! Que me hayan sido perdonados, pero no sé si he hecho por ellos la debida penitencia! Es probable que tenga que acabar de expiarlos en el purgatorio. ¡Ah! Si tal fuese mi suerte, no dejéis de visitarme en aquella terrible prisión! Consoladme entonces y aliviad mis penas. En resumen, sed mi perpetuo socorro hasta verme en el cielo, alabándoos y cantando vuestras misericordias por toda la eternidad.
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